DEPARTAMENTO DE PSIQUIATRÍA
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  TERCERA EDAD  

 

 


El desafío de vivir mejor

Una persona mayor tendrá arrugas en la piel, caminará más lentamente y más lentos serán también sus procesos mentales, pero como contrapartida, el conocimiento y la experiencia, capital que se acrecienta a lo largo del tiempo, pueden fundamentar una segunda plenitud.



Por la Lic. Alicia M. Damiani*

 


El sostenido aumento del promedio de la vida humana en los últimos decenios hizo que la vejez sea considerada como una prolongación natural y esperable de la edad adulta. Cada vez es mayor el número de personas que logran arribar a la vejez, pero resulta cada vez más evidente que llegan de muy distinta manera. Hay quienes abordan esta edad en un estado de cierta creatividad y serenidad; a otros, se los ve notoriamente tristes y desesperanzados. Existen aquellos que hacen un uso criterioso de lo conquistado a través de toda una vida de trabajo y aprendizaje; pero, en otros casos, predomina un sentimiento de vacío que va más allá de toda razón y esperanza. Para algunos, la tercera edad es la gran oportunidad para desarrollar y disfrutar intereses largamente postergados y, para muchos otros, todo lo bueno ya pasó, y el futuro aparece sin esperanzas ni ilusiones. Es obvio que también el factor económico existe. No se puede ignorar una cuestión que afecta a tantos de los que transitan por esta edad y ya no se encuentran en condiciones de trabajar; pero del mismo modo es cierto que personas sin dificultades de este orden no presentan, a pesar de esta ventaja material, mejores condiciones anímicas. Ocurre que un factor definitorio es, justamente, de tipo económico, pero de otra economía, de la "economía psíquica"; es decir: de la particular manera en la cual cada persona otorga significado, siente y elabora -o no- las transformaciones y circunstancias de su vida.

Las pruebas de la edad
Al transitar por la tercera edad, queda puesta a prueba la batería de recursos con los que cuenta cada "economía psíquica". Aceptar sucesivas pérdidas por el fallecimiento de personas cercanas o por el necesario alejamiento con que los hijos inician sus caminos; acomodarse a la disminución de las posibilidades laborales con la consiguiente merma de nivel económico y social, prestigio e identidad personal, son algunas de estas pruebas. Pero hay más. También será necesario tolerar las alteraciones generales de la "imagen del cuerpo", las dificultades para centrar la atención o para poder recordar lo que ocurrió tan sólo hace un rato. Cambios considerados normales y propios del envejecimiento pero que, desde el punto de vista psicológico, exigen un alto esfuerzo y pueden resultar difíciles de aceptar.

Pero, por suerte, existen fuentes especiales que alimentan y compensan esta "economía" tan exigida.
Los afectos constituyen una de las fuentes de energía -la más importante, quizá- que sostienen este trabajo. Del mismo modo que en todas las demás etapas de la vida, también en ésta los vínculos afectivos son definitorios. Se necesita del amor, del respeto, de la compañía de las personas significativas para abastecerse de la fuerza y el sostén necesarios. Y en ocasiones, tanto necesita el adulto mayor del aporte afectivo que llega a aferrarse a los vínculos para reforzar su autoestima. Esta es, mayormente, la causa por la que la falta de la visita semanal de un hijo, o del llamado telefónico diario, puede desencadenar reacciones depresivas o represivas. Mana, por ejemplo, dice: "Mi hijo no me llamó anoche por teléfono. Me sentí muy mal, casi no pude dormir, a las ocho de la mañana lo llamé y le dije: ¿no tenías un minuto para llamarme, para preguntar cómo estoy, o si necesito algo?"

Pero aferrarse a los vínculos no es el mejor camino; resulta angustioso y, por el agobio que producen las demandas afectivas exageradas, suele conducir a resultados opuestos a los deseados: en lugar de mantener cerca a las personas, las aleja. Hay posibilidades mejores. Cuando el trabajo de elaboración psíquica alcanzó a ser fructífero, el producto aparece como una postura de aceptación, toma de conciencia y comprensión. Aceptación de las pérdidas que el envejecer trae consigo; toma de conciencia de lo que cada uno siente y necesita expresar; comprensión de los propios deseos, intereses, metas posibles y también -¿por qué no?- las imposibles. Y cuando es así, cuando se puede recibir el transcurso del tiempo sin amargura ni rencor, los años premian con algunos beneficios: ser más tolerante, ser más amplio en el pensamiento, estar más abierto a lo nuevo -a lo genuinamente nuevo, no a lo simplemente novedoso-, ser más espontáneo en la expresión y más profundo en el sentimiento, disfrutar con conciencia del privilegio de ser abuelo, son algunas de las buenas cosas que traen los años.

La ayuda profesional
En ocasiones, la elaboración psíquica se encuentra muy dificultada, se vuelve excesivamente trabajosa y los resultados son magros. La ayuda profesional es lo indicado en estos casos. Pero, ¿qué podemos hacer los psicoterapeutas? Pensamos nuestra tarea como una ayuda para completar estos procesos espontáneos. Descubrir aspiraciones y anhelos y ponerlos en práctica; conectarse con los amigos que uno dejó de ver; retomar el cuidado del aspecto físico, ocuparse de la casa; en definitiva, ampliar los horizontes de la vida, son logros posibles de esta tarea conjunta entre el paciente y el terapeuta.

La experiencia nos ha demostrado que la mejor ayuda que podemos ofrecer al adulto mayor es aquella que se asienta sobre nuestra apertura afectiva. De esta manera se crean espacios de confianza en los cuales se puede hablar libremente, en los que "se está con alguien" -el psicoterapeuta- que escucha con verdadero interés, sin juzgar ni exigir, que respeta deseos, que muestra posibilidades que parecían definitivamente cerradas y mantiene siempre abierta la posibilidad de elegir.

* Psicóloga del Equipo de Tercera Edad del Departamento de Psiquiatría